Tras una noche de pesadillas violentas sobre cómo la desgracia caía sobre nuestra familia, me levantó asustada de mi cama al escuchar los toques a la puerta. Mi cabeza me duele a más no poder, por lo que acaricio mi cien.
—Pasa. Estoy despierta… — digo.
Mi prima pasa con una sonrisa cansada, pero es una que se le cae al ver lo que llevo puesto. Cuando llegué no me quité el vestido de gala, ni el maquillaje, ni el peinado con una lata de fijador. Sólo me tiré en la cama y perdí el conocimiento.