El amanecer no trajo paz para Alan. Mientras en la mansión el sol iluminaba el inicio de un idilio, en el pequeño y austero departamento del secretario, la luz del día solo servía para desnudar su miseria. Alan caminaba de un lado a otro en el reducido espacio de su sala, con la corbata desanudada y la camisa arrugada. El recuerdo de Bianca bailando bajo la luna, entregada a los brazos de Alessandro, le taladraba la mente.
Sentía una opresión asfixiante en el pecho. Lloraba de rabia, de impot