Cuando el convertible rojo se detuvo frente a la entrada principal del exclusivo complejo comercial, el rugido del motor cesó, dejando espacio a un silencio repentino dentro del auto. Bianca se bajó un poco las gafas de sol hasta la punta de la nariz, pero antes de abrir la puerta, se giró hacia el asiento del conductor. Con el viento del viaje, varios mechones rebeldes se le habían metido en la cara y enredado de forma caótica.
—Riva... ¿me harías un favor? Acomódame el pelo, por favor, que d