El despacho principal de doña Carmen permanecía sumido en la oscuridad cuando Alessandro cerró la puerta con cuidado y echó el cerrojo. No encendió ninguna luz. Avanzó guiándose por el tenue resplandor de la luna que se filtraba por los ventanales hasta detenerse frente al panel de madera tallada que ocultaba la caja fuerte.
Introdujo la combinación de memoria. Un clic metálico rompió el silencio y la pesada puerta se abrió lentamente.
Comenzó a revisar carpetas y documentos hasta encontrar una