El atelier de alta costura olía a tul francés, seda recién planchada, café amargo y champán caro. Era un templo de la estética burguesa ubicado en el corazón financiero de la ciudad, donde los espejos dorados de suelo a techo y las luces cenitales creaban una atmósfera de perfección artificial tan asfixiante que parecía robarle el oxígeno a cualquiera que cruzara su umbral.
Emma estaba parada sobre una tarima de madera noble, inmóvil como una muñeca de porcelana de edición limitada, mientras