El despacho principal de Doña Carmen olía a papel antiguo, cera de abejas y un poder tan absoluto que parecía consumir el oxígeno de la habitación. Era un santuario de caoba y cuero donde las decisiones de vida o muerte se tomaban con la misma ligereza con la que se firmaba un contrato de bienes raíces.
Alessandro empujó la puerta de doble hoja con una calma milimétricamente calculada, pero por dentro sus entrañas ardían como carbón vivo. Sobre la superficie pulida del gran escritorio desca