Bianca sintió que las piernas le fallaban. Toda la coraza de orgullo, rabia y resentimiento que había construido con tanto dolor durante semanas se derrumbó de golpe. Ya no quedaba espacio para la ira. Solo existía la devastación de comprender la magnitud del infierno en el que Alessandro vivía cada segundo del día.
—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? —murmuró Bianca, con la voz rota por un sollozo que ya no pudo contener—. Te estás inmolando en vida, Alessandro. Estás entregando tu l