El estacionamiento subterráneo del hospital central estaba casi vacío a esa hora. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido molesto, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de cemento gris. Alessandro esperaba recostado contra el capó de su coche, con la mandíbula tensa y el abrigo abierto, sintiendo que el aire del subsuelo era demasiado pesado para respirar.
El teléfono había vibrado apenas media hora antes con un mensaje escueto de Bianca: *"Tengo tu recibo. Ven ahora mismo o