El aire de la mansión Riva, al cruzar el umbral, era denso, casi irrespirable. Alessandro aún sentía sobre su piel la caricia de la lluvia y el peso del recuerdo de Bianca, una presencia que se sentía como un pecado sagrado frente a la frialdad de su hogar. Se quitó el abrigo, pero antes de que pudiera avanzar hacia el silencio de su despacho, un detalle rompió su campo de visión.
En el centro del vestíbulo, junto a la escalera principal, descansaban tres maletas de cuero fino, impecables, co