La mansión Riva se había convertido en un campo de minas. Para Alan, ver a Emma instalada en el ala principal era una tortura lenta y despiadada, una dosis de veneno diario que tenía que tragar mientras mantenía su impecable máscara de subordinado leal. La veía deslizarse por los pasillos con esa elegancia felina, cubierta por batas de seda que se ceñían a sus curvas, y cada vez que sus miradas se cruzaban, Alan sentía que el frágil muro de su autocontrol estaba a punto de hacerse añicos.
Esa