Alessandro Riva, el hombre que hacía temblar los mercados financieros con un solo movimiento de cejas, estaba en este momento temblando más que un flan frente a la puerta del apartamento de Lola. No era por miedo a la quiebra, ni a un secuestro, ni a la furia de su abuela. Era miedo puro a Lola, la única mujer en este planeta que no respetaba su cuenta bancaria ni sus ocho apellidos vascos.
Llevaba tres días acosado por una culpa que le picaba como sarna. Necesitaba verla. Así que, con la s