El despacho principal de Riva Enterprises era una tumba de caoba y cristal, sumergida en una penumbra opresiva que solo era rota por el resplandor frío y azulado de las pantallas. Era una hora tardía, el momento en que la ciudad se entregaba al descanso, pero para Alessandro, la noche era solo una extensión de su propia vigilia interminable. No miraba los gráficos bursátiles que subían y bajaban; tenía la vista clavada en el vacío, mientras su mente se negaba a procesar la realidad que le rode