El silencio en el despacho de Alessandro era tan denso que parecía tener peso propio. Cada segundo que pasaba sin que Alan o Emma dieran una explicación era, para Alessandro, una confirmación tácita de su sospecha. Él los observaba con una mirada de depredador, analizando los micromovimientos de sus rostros como quien busca una grieta en un dique a punto de colapsar.
Emma, recuperando la compostura con una rapidez que solo el entrenamiento de la alta sociedad podía brindar, soltó una carcajad