—¡Dame ese maldito teléfono, Bianca!—siseó Carmen, lanzándose hacia adelante y sujetando a Bianca por los hombros con una fuerza que desmentía sus años. Sus uñas se clavaban a través de la fina tela del vestido, y sus ojos, antes fríos y calculadores, ahora ardían con una llama de odio puro.
Bianca, sorprendida por el ataque físico, intentó zafarse, protegiendo su dispositivo contra el pecho como si fuera un escudo. —¡Suéltame, Carmen! ¡Estás loca! ¡Esto no lo detendrá nadie! —gritó Bianca,