El sol de la mañana se filtraba por los inmensos ventanales de la mansión, iluminando las motas de polvo en el aire con una claridad cruel, pero para Emma, la luz solo servía para resaltar la pantalla de su teléfono. El video, enviado de manera anónima y viral, se reproducía en bucle sobre la mesa de mármol: la imagen incriminatoria, el despacho familiar, la entrega descarada de Alessandro. Emma no gritó. No lloró. Su rostro, entrenado por años de etiqueta, frialdad aristocrática y la discipli