La mansión Riva amanecía bajo una tormenta eléctrica que hacía vibrar los cristales, pero dentro del comedor, el aire era aún más denso y gélido. Alessandro presidía la mesa con una rigidez que le entumecía los músculos. El lugar a su derecha permanecía vacío, un hueco que gritaba la ausencia de Bianca.
Cuando ella finalmente apareció, no entró con la cabeza baja, como esperaba Carmen. Caminó con un andar pausado, casi felino, vestida con la sencillez de quien ya no necesita impresionar a n