La puerta se cerró con un chasquido seco. Doña Carmen no le ofreció sentarse. Bianca permaneció de pie frente al escritorio de caoba, sintiendo cómo el aire de la estancia se volvía cada vez más irrespirable. La matriarca recorrió la habitación con una parsimonia que pretendía torturar los nervios, para luego detenerse y clavar sus ojos de hielo líquido en la joven.
—Así que tú eres la razón por la que Alessandro ha perdido el juicio —comenzó Carmen, con un tono peligrosamente suave—. Me preg