Alessandro se quedó de pie junto al gran ventanal que daba a los jardines, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón a medida y los hombros tensos, rígidos como el granito. Evitaba mirar el reflejo de su abuela en el cristal.
Doña Carmen no se apresuró. Caminó hacia el centro de la estancia con una parsimonia aterradora, haciendo que la empuñadura de plata de su bastón emitiera un golpe seco contra el suelo. Cada impacto resonaba en los oídos de Alessandro como el segundero de una