Cuando Andrew abrió los ojos aún estaba oscuro, y al ver la hora se dio cuenta de que eran poco más de las cinco de la mañana. Frente a él, una muchacha castaña yacía dormida como si nada, como si no tuviera nada que temer.
¿Confiaba en él?
Sus pensamientos, ya más centrados, se fueron a los hechos de la noche anterior, a sus emociones, a su dolor, y al consuelo que esta mujer le había dado, a sus gráciles manos, a su timidez, pero también a su deseo de cuidarlo.
Había pasado muchísimo desde la