Sus labios eran como agua de Mayo. Suaves, tersos, cálidos, revitalizantes, y no quería separarse de ellos.
Sin embargo, tenía y, aunque a regañadientes, Andrew se separó de ella y la miró a los ojos, esos que tanto amaba, y sonrió.
—¿Quieres dormir conmigo? Solo estoy golpeada, no creo que sea un problema si nos acostamos juntos.
La propuesta de Hannah no cayó en saco roto, y Andrew no dudó en quitarse los zapatos, apagar las luces y recostarse a su lado tras cerrar las persianas, y ella se ab