A la mañana siguiente, Akira despertó con una desagradable sensación de vacío en medio del pecho.
Por unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo de su habitación. La tristeza seguía allí, intacta, como si hubiera decidido no abandonarla.
Sin embargo, tenía obligaciones que cumplir.
Se levantó, se vistió y se dirigió al salón de ensayos. Como cada mañana, comenzó a practicar la presentación que ofrecería esa noche. Sus movimientos eran precisos, elegantes y técnicamente impecables, p