La puerta volvió a abrirse de inmediato. Masaki levantó la vista.
—Buenos días.
Kenji saludó con entusiasmo.
—Veo que alguien amaneció de buen humor.
—Buenos días, Kenji —exhaló Masaki con tedio—. Cuando estoy muy serio, es porque soy un ogro y si acaso sonrió, también me juzgas.
—Vamos sólo bromeo. —dijo jalando la silla y tomando asiento—. ¿Cómo amaneciste?
—Bien.
—¿Seguro?
—Sí, estoy bien.
Masaki dio otro sorbo de su taza antes de preguntar:
—¿Viste a Ame esta mañana?
—No. Sa