Las cartas estaban echadas, las reglas eran difusas y cada quien debía intentar sobrevivir por sí solo. Ivette llegó a casa con esperanzas de venganza renovadas, porque el destino o la vida, lo que fuera estaba sonriéndole y entregándole oportunidades en bandeja de plata. No era que Fiorella le gustase, le resultaba fútil y estúpida, una niñata con pose de mujer fatal que le quedaba mediocre. Sin embargo, había aprendido que en la vida las oportunidades se aprovechaban sin miramientos