Estuardo llegó a la mansión Ferreti con el corazón latiéndole como un tambor. Su mente era un torbellino de furia y preguntas, todas dirigidas a su tío. Las palabras de Sofía resonaban en su cabeza, cada una más inquietante que la anterior.
Entró al vestíbulo de un empujón y subió las escaleras sin mirar atrás, decidido a confrontarlo. Fabio, el guardaespaldas personal de Jan Carlo, lo interceptó antes de que pudiera alcanzar la puerta del despacho.
—No puede pasar, señor Estuardo —dijo Fabio c