Los pasillos del hospital estaban en un inquietante silencio. La luz fría y artificial se extendía sobre las paredes pálidas, mientras Estuardo, cansado y de rostro ojeroso, esperaba fuera de la unidad de cuidados intensivos. Eran tres días desde el accidente de su hermano, tres días en los que no había podido cerrar los ojos ni por un momento, esperando desesperadamente alguna noticia. La desaparición de Sofía solo añadía otro peso a su pecho.
De pronto, el médico apareció en el pasillo, su ro