El reloj en la oficina marcaba las tres de la tarde, y Estuardo apenas había hecho un avance en el interminable trabajo que lo rodeaba. Las pilas de documentos apilados en su escritorio parecían haber crecido desde la mañana, y el zumbido constante de su teléfono lo tenía al borde del agotamiento.
Pero, por más que intentara concentrarse en el trabajo, su mente volvía invariablemente a Sofía, a su esposa, y a la inestabilidad que marcaba su matrimonio. Se sentía decidido a arreglar las cosas, a