En el amplio salón iluminado por los tenues rayos del atardecer, don Jan Carlo observaba con calma a Fabio, quien aguardaba junto a la puerta. Su fiel hombre de confianza mantenía la vista baja, como si reuniera el valor para intentar una vez más convencer a su jefe.
—¿Está listo el auto? —preguntó don Jan Carlo, su voz suave pero firme, tan fría como siempre en sus decisiones.
Fabio asintió, tomando una breve pausa antes de responder.
—Sí, todo está listo, señor —respondió con un tono vacilant