Los dedos de Sofía temblaban mientras abrochaba el último botón de su blusa. La luz temprana de la mañana se filtraba a través de las cortinas, bañando su rostro con un cálido resplandor, pero no lograba aliviar el nudo de ansiedad en su estómago.
Al bajar la gran escalera de la mansión Ferreti, sus ojos esmeralda se abrieron con sorpresa al ver a Estuardo esperándola al pie de la escalera.
—Buenos días, Sofía —dijo él, su voz suave como la seda—. Pensé que podríamos desayunar juntos antes de