Capítulo 46 —El plazo
Vera seguía sobre Mauro.
La respiración de ambos todavía no terminaba de acomodarse. El sofá había quedado ligeramente desplazado, una de las prendas de ella colgaba del borde de la mesa baja y la camisa de Mauro seguía abierta, pegada al pecho por el calor de la piel. Todo en la estancia parecía fuera de sitio, como si el desorden alrededor hubiera decidido contar la verdad que ninguno de los dos estaba preparado para pronunciar en voz alta.
Vera apoyó las manos sobre los