Francamente, no entendía nada de lo que estaba sucediendo. Como por arte de magia aparecía de nuevo esa mujer. Esa mujer hermosa, llamativa y elegante, viéndose como si dominara el lugar. Lucía espléndida con un vestido negro de encajes, marcando toda su silueta esbelta, zapatos altos y sonrisa de millón de dólares.
Y no venía sola, sino que aparecía tomándole el brazo, casi de forma insistente, a Hans, mi suegro, que no parecía del todo contento, pero que igual seguía manteniendo su mano en s