Todavía mareada, mientras sentía como Giovanni apretaba el amarre en mis manos, vi a Mauro caminando frente a mí, sacó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta y se lo pasó por el rostro.
— Es curioso como funciona el destino. — Continúo con su discurso. — Cuando el tipo ese, el tal Scott, nos habló de la mujer que Roberto protegía con uñas y garras, y nos dijo que era una mujer hermosa y fuerte, se me ocurrió una brillante idea que no podía dejar ir: ¡Ella tiene que ser mía!.
— ¿Qué?.
— Mi he