Mauro estaba de pie, frente a mí, soltando una estruendosa carcajada, mientras que yo estaba sentada tratando de asimilar la situación, me sentía perdida.
De pronto, un timbre comenzó a sonar, el teléfono que Mauro tenía en la mano repicaba. Supuse que desde hacía una hora, ya le debieron haber avisado a Roberto que el funeral había terminado y debe haber asumido que a esta hora yo estaría ya en casa.
— ¡Oh, mira!. — Mauro miró la pantalla, pensaría que aparecería el número registrado, pero e