Subimos a la limusina, Mauro me lanzó el bolso de mano que había llevado para el funeral y había dejado en el auto.
— ¡Toma! Arréglate un poco, cambia esa cara, mujer. ¡Es el día de tu boda!. — Ordenó con un deje de sarcasmo.
Le volteé los ojos en respuesta, no estaba de humor para ese estúpido comentario, cuando él vio mi expresión y me respondió con una mirada asesina, como una amenaza silenciosa.
Me miré en el pequeño espejo, estaba roja e hinchada, con el maquillaje corrido por toda la c