Florencia, recostada en la enorme cama de la habitación de Francesco, no despegaba la vista de su tablet. El hombre, atraído por la vista de sus piernas bajo la corta bata de seda, no hizo esfuerzo alguno por resistirse a tocarlas. Entre caricias y besos fue subiendo desde los pies hasta la cadera.
—¿Qué crees que pudo pasarle en la uña? —preguntó ella, viendo una fotografía del pie de Alessa.
—Su cuerpo estaba todo golpeado, Flo. Puede que no se le haya borrado todavía.
—Es que parece reciente