El primer día de clases en la universidad llegó más rápido de lo que esperaba.
Caminaba por el campus con la mochila colgada en un hombro y la mano de Sam entrelazada con la mía, todavía incrédulo de que esa fuera mi realidad. El lugar estaba lleno de estudiantes que iban y venían, algunos con cara de sueño, otros con esa emoción nerviosa que solo traen los comienzos.
Yo estaba en algún punto intermedio.
—¿Nervioso? —preguntó Sam, mirándome de reojo.
—Un poco —admití—. Pero si me desmayo, prome