El silencio que invadió el salón era ensordecedor. Los invitados permanecían inmóviles, sus expresiones un reflejo de pura incredulidad. Algunas manos cubrían bocas abiertas de asombro, mientras otras sostenían copas temblorosas. Nadie podía creer lo que sus ojos presenciaban.
Dylan, el hombre cuya vida lloraban, estaba ahí, vivo, erguido frente a todos, desafiando la lógica de sus lamentos.
Con una confianza serena, Dylan subió al podio.
Eduardo, que aún permanecía en el estrado, dio un paso ha