El aire era espeso en la habitación, tan cargado de tensión que casi podía cortarse con un cuchillo. Las miradas entrecruzadas eran feroces, llenas de preguntas y acusaciones no verbalizadas.
Santiago se levantó de golpe, los ojos enrojecidos por la rabia y la impotencia.
—¡¿Dónde está ese hombre, Dylan?! Yo mismo le haré hablar —rugió, mirando a Eduardo con una mezcla de desconfianza y furia contenida.
Yolanda sintió que el mundo se le venía encima. Un sudor frío recorrió su espalda, y el miedo