Eduardo y Santiago irrumpieron en el salón, pero fue el abuelo quien, al ver el escenario que se desplegaba ante él, se detuvo, con el rostro endurecido por el dolor y la incredulidad. Su voz resonó, rota pero cargada de autoridad:
—¿Qué es esto, Santiago? ¿Planeas un funeral cuando la muerte de mi hijo ni siquiera ha sido confirmada? ¡No hay un cuerpo!
Santiago intentó replicar, pero las palabras no salieron. Yolanda, en cambio, se adelantó con falsa serenidad.
—Lo hemos hecho por generosidad,