Las palabras cayeron como una bomba en la sala. Los ojos de Yolanda se abrieron de par en par, el horror pintado en su rostro.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó con un hilo de voz, su habitual autoridad reemplazada por una mezcla de incredulidad y miedo.
Glinda se inclinó hacia ella, susurrando con una calma glacial que contrastaba con el caos que acababa de desatar.
—Que tengo pruebas, querida suegra. Eduardo no es un Aragón.
La respiración de Yolanda se aceleró mientras las palabras de Glinda se