Los meses avanzaron rápidamente.
El tiempo parecía deslizarse entre sus dedos. Tres meses después, la rutina se había teñido de expectativa y alegría por la llegada de las niñas.
Aquella mañana, Mora saboreaba un trozo de pastel mientras Darrel desayunaba frente a ella, pero algo no estaba bien.
De pronto, la cuchara se le escapó de las manos, y un mareo vertiginoso la obligó a sostenerse de la mesa.
Un agudo dolor punzante atravesó su cabeza, haciéndola fruncir el ceño.
Darrel notó su palidez a