Tina cruzó la habitación con pasos como zancadas, su respiración agitada y los ojos encendidos por una locura implacable.
Mora, postrada en la camilla, intentó levantarse, pero el peso de su embarazo y el pánico la dejaron vulnerable.
En un parpadeo, Tina alzó la jeringa con un brillo amenazante, y Mora reaccionó con un instinto desesperado, sosteniendo el brazo de Tina con todas sus fuerzas.
La presión en su vientre era insoportable, pero no podía rendirse.
—¡Estás loca! ¡¿Cómo puedes hacer est