Santiago retrocedió con un desdén absoluto.
—Los quiero fuera, ¡ya! —dijo, su voz llena de desdén, mientras los guardias arrastraban a los tres de la sala.
Eduardo, con lágrimas de rabia, se levantó y juró venganza.
—¡Te arrepentirás, lo juro! —gritó antes de que lo arrastraran hacia la puerta.
Santiago observó el tumulto en silencio, su rostro endurecido por la angustia. Las palabras de su nieto lo perforaron, pero se obligó a no mostrar su dolor.
—¡Padre! —gritó Máximo, mirando a su progenitor