—¡¿Qué has dicho?! ¿Es una broma? Dime, ¿es una m*****a broma, Carlos? —la voz de Suzette temblaba entre el desconcierto y la furia.
Carlos evitó su mirada, sus ojos rojos por la tensión acumulada. Negó lentamente.
—Lo siento, pero no, Suzette. Ya no me satisfaces, ya no me haces feliz —su voz era casi un susurro, pero cada palabra perforaba como una herida abierta.
Suzette cayó de rodillas, sus lágrimas corrían en silencio, desmoronándose al ver cómo el matrimonio que consideraba perfecto se de