Mora visitó a Alma por la tarde, encontrándose en el jardín.
La brisa apenas movía las hojas, pero el peso entre ambas se sentía como una tormenta silenciosa.
Mora caminó hacia Alma con los hombros caídos, sus ojos clavados en el suelo, como si el mundo entero se le hubiese venido encima.
Apenas pudo reunir la valentía para tomar su mano.
—Alma… lo lamento mucho —su voz era un susurro quebrado.
Alma no dijo nada al principio.
Simplemente, la rodeó con los brazos, un abrazo suave, pero firme que