Yolanda se giró lentamente, con el corazón acelerado y una sensación fría recorriéndole la columna vertebral.
La mirada de Alejandro era fija, penetrante. No había duda en sus ojos: él sabía la verdad. Toda la verdad.
Un sudor frío empezó a recorrer su frente. Sus labios se sellaron involuntariamente, como si sus palabras pudieran traicionarla en cualquier momento.
—Ve a comprar, Glinda, te alcanzaré.
Glinda asintió, pero su mirada se volvió intrigada.
Se apartó de ellos, pero no tan lejos.
«¿Qu