Pronto, el animador llamó a los novios para bailar su primer vals.
Salvador y Alma se miraron. Sus ojos reflejaban ansiedad.
—No soy buen bailarín, no quiero avergonzarte —dijo Salvador
Alma esbozó una sonrisa
—Yo tampoco soy una experta. Pero si hacemos el ridículo, lo haremos juntos —respondió con una risa suave, y Salvador no pudo evitar relajarse un poco.
La niña, que observaba desde un costado, saltó hacia ellos con una risa contagiosa.
—¡Tú puedes, hermanito! Como la Cenicienta y el Prínci