Eduardo permanecía inmóvil, observando el cuerpo en el suelo, la figura de Glinda enredada en un charco de sangre que parecía expandirse como un testimonio silencioso de tragedia.
Sus manos temblaron al llevarse los dedos al rostro, intentando cubrirse los ojos, pero no podía apartar la vista.
Sus piernas vacilaron, y un escalofrío intenso recorrió su cuerpo, erizando cada fibra de su ser.
De repente, sus pupilas dilatadas revelaron un terror visceral, y un llanto silencioso brotó de lo más prof