La noche había caído, envolviendo la mansión en un silencio inquietante que apenas lograba cubrir la tensión que se sentía en el aire. Glinda llegó poco antes del anochecer, caminando con un porte cínico que rayaba en la insolencia. Sus pensamientos se enredaban en una mezcla de desprecio y ambición. Mientras se miraba en el reflejo de una ventana, una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
«Si ese hombre con el que estuve hoy me llama y me vuelve su amante, ya no me importará abandonar a Eduar