Eduardo sintió un torbellino de odio, una ira que le quemaba el pecho y lo hacía temblar. Su madre, la mujer que debía haberlo protegido, lo había traicionado de la forma más cruel. Sus ojos se enrojecieron mientras apretaba los puños con tanta fuerza que sus uñas casi atravesaron la piel. La rabia se mezclaba con una profunda tristeza que no podía admitir.
Tomó su teléfono, sus dedos temblaban al marcar el número. La voz de Yolanda respondió con una alegría falsa que solo encendió más su furia.