La mujer, pálida y visiblemente aterrorizada, levantó las manos como si con ese gesto pudiera protegerse de lo inevitable. Sus labios temblaban, y apenas logró asentir.
—¡Señores, por favor, no nos hagan daño! —suplicó con la voz quebrada—. Puedo… puedo entregarles a la mujer.
Carlo no bajó el arma. Ni un centímetro.
La punta de la pistola se mantuvo firme contra la frente de ella, obligándola a sostenerle la mirada.
—¿Dónde está? —exigió, su voz baja, pero cargada de una furia contenida que hel